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RELATO CORTO: «Sucedió en agosto»

El cadáver se hallaba sobre mi cama. Se encontraba tumbado boca abajo, a los pies del desnudo colchón, un brazo descolgado del lecho, mostrando una mano pálida, inerte. Tenía la cabeza girada hacia la izquierda lo que me permitía vislumbrar un pálido rostro, aún ojeroso, con los ojos entornados y la mirada fija en algún punto de una eternidad que rogaba para mis adentros no tener que conocer en breve. La sangre me latía dolorosamente en el pecho, en las sienes y un gélido sudor pringoso, cobarde, me escocía en la piel haciendo que se me pegara la camisa en el pecho y en el dorso. El muerto presentaba un enorme cráter en la espalda, de labios negruzcos, requemados en algunos sitios, aún sangrante en otros. En un reguero sinuoso procedente del cráter, que descendía por su brazo como lava ardiente, gota a gota la sangre se iba acumulando en la alfombra formando un enorme charco carmesí, brillante, hipnótico. Un charco enorme lleno de la vida que a mi amigo Vidal se le había escapado por el agujero de la espalda.


      No podía existir ninguna duda que lo habían matado. Jamás en la vida él mismo podría haberse producido una herida semejante. Paseé la vista por el suelo hasta que localicé el brillo mate de la pistola, una HK de las que utiliza la policía como arma reglamentaria y que no podía pertenecer a otro que al mismo Vidal, policía retirado, pero que había conservado en su nueva vida como civil. Un recuerdo de tantos años de trabajo duro y peligroso. «Curioso —pensé, evitando que lo irónico de la situación me hiciera sonreír—, ha muerto por una bala de su reliquia, de su más preciado tesoro».
      Suspiré. 
      Tenía que salir de allí cuanto antes. Debía largarme si no quería que me endosaran al muerto, si no quería que los amigos polis de Vidal me acusaran de su muerte.


       Estaba empezando a temblar por efecto del sudor que se comenzaba a enfriar sobre mi cuerpo, poniéndome la piel de gallina que me dolía en el pecho y en los muslos. Recogí mi chaqueta del suelo, busqué con mirada nerviosa mis llaves al tiempo que con una mano me palpaba el pantalón dejando constancia de que aún permanecía en mi bolsillo delantero del vaquero la llave del coche. Un repentino ataque de pánico me asaltó al no encontrar las llaves de casa. El sudor volvió a brotar a chorros por los poros de mi piel y el corazón me atenazó el pecho, la garganta, dificultándome la respiración. Cerré los ojos un instante. Me obligué a respirar despacio, controlando el aire que entraba en mis pulmones y entonces las vi. Su brillo acerado me avisó de su presencia desde el mueble del recibidor que veía a través de la puerta abierta del dormitorio y sonreí aliviado. Me puse la chaqueta, cuya tela me aplastó de forma desagradable el sudor, ya helado. En un brusco movimiento producto de una intensa ansiedad y ayudándome de un pañuelo cogí la HK del suelo, la envolví y me la guardé en el bolsillo de la chaqueta. Lancé una última mirada al cuerpo de mi amigo Vidal, a sus ojos entornados y muertos, a su cabello canoso y recio de raya a un lado perfilada a golpe de peine con la escrupulosidad propia de un dandi y, murmurando una breve despedida teñida de no poca pena, salí del dormitorio, me dirigí con paso rápido al recibidor y tomé las llaves que tintinearon en mi mano, agradecido de sentir el frío metal en mi palma. Abrí la puerta, salí al portal y cerré con cuidado de no hacer ruido. No había ni un solo vecino en el edificio, de eso estaba completamente seguro, pero siempre era conveniente no hacer mucho ruido. Me obligué a no echar la llave. No quería que mis gestos cotidianos me inculparan.

Agosto estaba a punto de tocar a su fin. Dani deseaba con toda su alma que llegara septiembre para que todos sus amigos de la escuela regresaran de vacaciones. El barrio sin ellos era un rollo; apenas había nadie para jugar y la sensación de aburrimiento era casi una enfermedad. Arrastrando los pies, sin rumbo fijo, se sentó en el bordillo de la acera de su calle. Sólo había dos automóviles aparcados, el 127 de un vecino de dos portales más allá y el flamante Renault 5 rojo tomate de su padre. Todo el mundo estaba de vacaciones. La sensación de soledad era abrumadora, asfixiante.


      Todos los años Dani y su familia se iban al pueblo de su madre, a Cebreros, un lugar estupendo en la provincia de Ávila, en el que vivía con todos sus primos unos días fantásticos en los que nadie les vigilaba en exceso y por cuyos campos podían correr y triscar sin peligros acuciantes. Los días eran calurosos pero las noches refrescaba, tanto que, a veces, en sus camas debían taparse con una colcha gruesa para espantar el relente de las frescas madrugadas. Pero ese año habían operado a la abuela y ninguno de sus nueve hijos se había separado de su cama de hospital. La madre de Dani, la única chica entre todos sus hermanos se consideraba en la obligación de organizar las visitas y de quedarse con la abuela todas las noches dejando las horas del día a sus cuñadas. Un rollo. La comida la hacía su padre; cuando su madre no dejaba nada hecho, tortilla francesa o filete de pollo y cuando le daba tiempo y preparaba algo de comer antes de salir para el hospital, su padre casi siempre lo quemaba o lo cocía tanto que lo dejaba demasiado espeso, incomible. Además, en la tele no echaban nada interesante, sólo Verano Azul, esa serie que habían estrenado con tanto bombo y que era para nenazas y poco más. El tedio era aplastante. Dani quería que todo volviera a ser como antes… que volvieran sus amigos del pueblo, que su madre regresara a casa, que no se aburriera como una ostra.
      Dani lanzó una piedra que rebotó contra el bordillo de la acera de enfrente. 
      — ¿Jugamos al balón?
      Dani giró la cabeza y se encontró con el cuerpo rechoncho y pequeño de su vecino Óscar. Un año menor que él, vivía en el primero derecha de su portal y era el cuarto de seis hermanos. Su padre estaba enfermo, por beber demasiado, aunque eso pocos se atrevían a decirlo en voz alta, y su madre trabajaba sirviendo en casas de personas adineradas. Eran pobres. Todos en el barrio sentían pena de esa familia que nunca rechazaba la ropa usada de otros y que sonreía agradecida cuando alguien les regalaba algo de comida. A Dani le daba rabia que Óscar se considerara con derecho a jugar con él sólo porque vivían en el mismo portal o porque iban al mismo colegio. Más rabia le daba aún porque él no encontraba a nadie mejor ni más interesante con quien jugar y ese niño regordete era su única oportunidad para no dar por perdido el día.
      — Si quieres vamos al descampado y jugamos un rato —insistió Óscar cuya simpática sonrisa dejó al descubierto dos mellas donde deberían haberse encontrado dos incisivos.
      — Venga, vamos —concedió con tono aburrido Dani, al tiempo que se levantaba y se sacudía el polvo del pantalón corto—. Te pones de portero y yo te lanzo penaltis.
      Óscar dudó un instante al tiempo que meditaba a toda prisa. Ponerse de portero no era la idea que tenía de jugar al balón con Dani, pero si le decía que no, el plan se iría al traste. Al final concedió sin perder la sonrisa:
      — Vale.
      Llegaron al descampado y, efectivamente, no había nadie. El asfixiante calor aplastaba todo contra el suelo. No se escuchaba nada más que las chicharras. Pusieron dos grandes piedras a un extremo del improvisado campo. Óscar se colocó entre ambas, inclinando el tronco hacia delante y extendiendo las manos en un ademán inequívoco de que estaba listo para que Dani lanzara el primer trallazo. El chico lanzó el balón con enorme fuerza con la intención de proporcionarle un brutal impulso, el suficiente como para que, si Óscar tenía la osadía de pararlo, le escociera en las manos, en el pecho o en la cara. Dani sonrió con malicia por su habilidad y, tras cuatro trallazos lanzados a lo bestia, de los que coló dos y otros dos fueron a dar a las espinillas del pequeño, lo vio. Un hombre enorme con desarrapado aspecto se acercó por detrás de Óscar. Llevaba el entrecano cabello largo y engreñado, una costrosa camisa se abría por varios rotos dejando al descubierto la piel sucia. No llevaba zapatos, pero caminaba con mucha soltura, como si estuviera acostumbrado a ir así. Faltaban unos pocos metros para que llegara a la altura de Óscar que no se había apercibido de la presencia del extraño. Dani se quedó paralizado y así, sin moverse, sin hablar, vio cómo el tipo extendía los brazos con la clara intención de coger al pequeño por detrás. Dani no gritó, no avisó al otro niño. Y abrió los ojos como platos cuando por fin el desgreñado tipo abrazó a Óscar que comenzó a gritar aterrado, con todas sus fuerzas, sintiendo su cuerpo bloqueado por la tenaza que suponía la descomunal fuerza del gigante. Dani reaccionó. Miró a un lado y a otro. No había nadie. Estaban lejos de la carretera y por allí, a esas horas, no pasaba ni un alma. Óscar se debatía entre los gigantescos brazos gritando, pidiéndole a Dani que le ayudara, que cogiera una piedra y golpeara al tipo, que le ayudara a librarse de su violento abrazo. Pero él no hizo nada. Dejó el balón en el suelo y, muerto de miedo, echó a correr como un loco. Sus propios gritos le impidieron escuchar los de Óscar llamándolo, suplicándole que no le dejara solo, rogándole que le ayudara.


Bajó por las escaleras al garaje del inmueble. Lo hizo a oscuras. No debía verse luz alguna en el portal y él se desenvolvía con soltura en la oscuridad. Sentía que le faltaba el aliento, más que por el esfuerzo realizado, por el pánico que le cerraba en un doloroso espasmo la garganta y le impedía poder tomar aire. Empapado en sudor se agazapó tras una columna junto a su plaza de garaje. Miró el reloj a la pálida luz de las farolas, ya encendidas a esa hora, que le llegaba por las altas y estrechas ventanas de ventilación. En un par de minutos llegaría ella con el coche. Efectivamente, en ese momento la puerta con mecanismo hidráulico del garaje comenzó a desplazarse lateralmente por los carriles provocando un chirrido desagradable y agudo que decía mucho de cierta falta de aceite en el mecanismo. Suspiró y cerró con fuerza los párpados. Gracias a tanto ruido no podría escuchar nadie su agitada respiración. Estaba aterrado. La puerta se detuvo y unos cegadores faros irrumpieron en el garaje hendiendo la oscuridad a su paso, rápida y silenciosamente. En dos giros, el vehículo estuvo estacionado en su plaza. Las vacaciones estivales estaban a punto de concluir, pero en esa última semana de agosto todos los vehículos de cuatro ruedas estaban por esos mundos de Dios disfrutando de sol, playa o montaña. Los faros se apagaron. Una puerta se abrió y se volvió a cerrar. Un doble pi-pi más un chasquido seco indicaron que los cierres del vehículo se habían accionado. Una mujer alta y esbelta de ágil caminar se apresuró hasta el ascensor produciendo con su taconeo un eco casi eclesial en la solitaria y ya sí, silenciosa estancia. La puerta del ascensor se cerró y se hizo nuevamente la oscuridad.
      Aún en su escondite, tomó aire y lanzó a su cuerpo la orden de que mantuviera la calma. Un poco mareado por efecto de su rápido respirar, se acercó al vehículo que acababa de llegar. Metió la mano en su bolsillo y sacó la llave negra. La metió en la cerradura. La falta de costumbre hizo que sus movimientos fueran torpes y erráticos, pero al fin, un nuevo chasquido le indicó que las puertas del coche estaban abiertas. Con temblorosas manos sacó la pistola envuelta en el pañuelo del bolsillo de su chaqueta y la dejó sobre el asiento del acompañante. Cerró la puerta, movió la llave en la cerradura, sonó el chasquido, retiró la llave. Cerró los ojos y se obligó a inspirar nuevamente. Consultó su reloj deslizando los dedos expertos por su esfera. «Perfecto —pensó con alivio que ayudó a reducir en parte la presión de su pecho—. He tardado en todo poco más de media hora». 
      Corrió hacia la salida y abrió la puerta peatonal con cuidado, una rendija apenas para observar la calle. Casi había anochecido por completo y no había ni un alma. Abrió un poco más, salió y se dejó embargar un segundo por el falso frescor que la tórrida brisa vespertina provocaba en su sudorosa piel, una caricia que le despejó en parte la mente. Se abrió un poco la chaqueta y se dirigió a paso raudo calle abajo, camino del hospital. Se quitó los guantes de vinilo que había llevado puestos todo el tiempo, hizo un gurruño con ellos y se los guardó en la chaqueta. En cinco minutos estaría en su planta, cambiado y a salvo. Nadie se habría dado cuenta de su ausencia. Y su plan sería un éxito.

Dani llegó corriendo a su portal. Subió los escalones de dos en dos hasta el cuarto piso, el suyo. Con la sensación de que el corazón le iba a estallar en el pecho, llamó al timbre. Le abrió su hermana Tere y él se perdió raudo en el cuarto de baño, cerrando tras de sí la puerta. Si su hermana se había dado cuenta de que algo le sucedía no lo dejó notar. Dani abrió el grifo del agua fría y se lavó las manos, la cara, mojándose la camiseta. El aire entraba en su pecho con un estridor desagradable al tiempo que sus piernas, sus brazos, su cabeza, incluso, temblaban sin control. Quería gritar, pero se contuvo. Se miró en el espejo. Se asustó al ver su cadavérico reflejo, no tanto por la palidez de su semblante o por sus vidriosos ojos, como por la mortal herida que asaeteaba su espíritu. «¡Soy un cobarde, un mierda, un miserable cobarde!» Cerró los párpados con fuerza, pero este esfuerzo resultó del todo inútil para espantar la horripilante imagen de Óscar en brazos de ese monstruo miserable. Se tapó los oídos, pero no sirvió para que dejara de escuchar en su cabeza los gritos angustiados del pequeño pidiéndole ayuda. Abrió los ojos y reaccionó. Alguien aporreaba la puerta del cuarto de baño. Su hermana le exigía que saliera. Se tocó las mejillas. No sabía cuánto llevaba allí dentro, pero el suficiente para que el agua se hubiera secado. Abrió la puerta y salió. Estaba mareado. Se dirigió a la salita donde su padre ojeaba el periódico de ese día. Lo miró y un incierto temor aceleró nuevamente su corazón de forma dolorosa. 
      — Papá —susurró. «He hecho algo espantoso», habría querido gritar, pero añadió—: ha pasado algo… debemos ir a por Óscar.

Ya en el hospital subió a su planta por la escalera de incendios que había dejado abierta cuando salió casi una hora antes. La barra que abría la puerta sólo con un empujón le hizo innecesario tenerla que tocar con las manos. Como se imaginaba, aún no habían repartido las cenas y el pasillo estaba desierto. Se metió en la primera habitación a la izquierda, la suya, y se encerró en el pequeño aseo. Cinco minutos más tarde estaba acostado en su cama con el pijama y las gafas oscuras. No hacía ni un minuto que había apoyado la cabeza en la almohada cuando entró una enfermera. Le revisó la vía heparinizada que tenía en el antebrazo, le puso un medicamento con una jeringa, en bolo, y le hizo saber, dirigiendo su mano, en qué parte de la mesilla le dejaba la medicación de la cena y el agua. La enfermera revisó un par de detalles más y salió dejándolo solo. Él sonrió con satisfacción.

Encontraron a Óscar tirado en el descampado medio desnudo y ensangrentado. El monstruo, al que encontraron esa misma noche y arrestaron, lo había golpeado con violencia produciéndole espantosas heridas en la cabeza y lo había violado. Más tarde supieron que las lesiones le habían dañado los ojos, a consecuencia de lo cual había perdido la vista. Su cuerpo se restableció, las heridas se cerraron, pero no recuperó en ningún momento la vista. Las secuelas de su carne serían definitivas, tanto como las cicatrices que en su alma le dejarían los abusos a los que ese ser depravado le sometió hasta que, colmado su vicioso y repugnante deseo, lo dejó tirado en el suelo como un escombro inútil y ruin. De eso no llegaría a recuperarse jamás. Según la opinión de todos los del barrio, habían encontrado a Óscar gracias a Dani que apareció a ojos de todos, incluso a los de su propia familia, como un héroe, un valiente que había ayudado a espantar al monstruo y a recuperar al pequeño Óscar con vida. Su fama de responsable, valiente y osado le impulsó años después a ingresar en la policía. Su generoso instinto natural sólo tenía una salida posible: ayudar a los demás. Y desde ese día, fue el mejor amigo del pequeño e inválido Óscar. Fue su protector más fiel, fue sus ojos en este mundo inseguro y violento.

Pasó la noche más tranquilo de lo que se imaginó en un principio. Pensó que una avalancha de policías se lanzaría a su habitación durante la noche para arrestarlo y llevárselo preso, pero nada de eso sucedió. A las doce, consciente de que conciliar el sueño le iba a resultar del todo imposible, pidió una pastilla a la enfermera del turno de noche. Sobre las tres de la madrugada cayó en una modorra relativamente plácida llena de sueños que recreaban una y otra vez lo sucedido esa tarde: cómo se vistió tras indicarle a la enfermera que deseaba que nadie le molestara durante un par de horas, dado que deseaba descansar. En una clínica privada tan exclusiva como ésa, un deseo procedente de un cliente adinerado era muchos más que una orden. Cómo salió por la puerta de incendios, llegó a su casa, dos manzanas más allá, subió a su piso, abrió con su llave y se encontró a Vidal, en su cama, desnudo, esperando a su esposa. El forcejeo y el disparo fueron un borrón nebuloso que su subconsciente se negaba a recrear, pero no por el remordimiento, sino por la falta de detalles. Había cometido un asesinato, sí, pero no sentía ningún pesar por ello. Lo único que le acuciaba era la angustia de que pudieran razonar que él había sido el autor. En su sueño sonrió con malicia. Dejar el arma en el asiento del coche de su esposa había sido una estupenda jugada. Se vengaba así de dos traiciones al mismo tiempo. Sabía que la policía sospecharía de él desde el principio, pero sus circunstancias le librarían al instante de toda acusación. Se había asegurado de que ninguna cámara de vigilancia le había captado en su recorrido de ida y vuelta desde el hospital al piso. Nadie podría demostrar que él estuvo allí esa tarde. El plan era perfecto.
      Efectivamente, a media mañana del día siguiente, un inspector y una subinspectora de Homicidios se presentaron en su habitación. Le informaron de la muerte de Vidal y le detallaron someramente los hechos. Con mucha delicadeza le preguntaron si, en algún momento, había sospechado que su esposa le fuera infiel; eligieron muy bien las palabras para no resultar ofensivos o impertinentes. Él contestó que no. Dibujó en su rostro la imagen de la desolación y del orgullo herido por la traición de quien consideraba su fiel esposa con el que había sido su mejor amigo. En todo momento tuvo la sensación de que los policías actuaban con prudencia evitando desvelar demasiado, pero constató con no poco alivio que su actitud no era ni mucho menos acusadora hacia él. Quizá una mezcla de benevolencia forzada y una cierta compasión, sensaciones que despertaba en los demás con harta frecuencia desde hacia treinta años. El inspector y la subinspectora miraban sus gafas oscuras con intensidad, casi incómodos. Media hora duró la visita, no más. Le informaron que su esposa estaba arrestada como principal sospechosa y se marcharon.
      Ya en el pasillo, la subinspectora apretó el botón del ascensor y miró al suelo. 
      — Yo creo que este hombre miente — dijo ella en un susurro.
     — Yo también lo creo —afirmó el inspector con un chasquido de fastidio—, pero debes de estar de acuerdo conmigo que un hombre ciego no habría podido jamás salir del hospital, recorrer dos manzanas, pegarle dos tiros a Vidal, un expolicía en plena forma, y regresar —la puerta del ascensor se abrió y los dos entraron en el cubículo. Estaban solos. Apretaron el botón de la planta baja y las puertas se cerraron—. Por supuesto, si Óscar Mota no fuera ciego, ahora mismo estaría en la comisaría como principal sospechoso del asesinato de Daniel Vidal, muy por delante de su esposa. Motivos tiene más que ella. Pero no es así. Su ceguera le impediría llevar a cabo algo semejante y las pruebas señalan a la esposa.
      — Le operan hoy, ¿verdad? ¿De qué? —preguntó la subinspectora con tono neutro.
      —Creo, según me ha indicado la esposa, que con la intervención de hoy tiene muchas posibilidades de recuperar la vista

Óscar cierra los ojos mientras un celador empuja su cama camino del quirófano. Nadie debe darse cuenta de que fija algunos objetos a su paso. Sonríe. Es consciente que a partir de ese día ya no tendrá que fingir más, nunca más. Aún recuerda cuando, al poco de cumplir los quince años, una mañana al despertarse le pareció vislumbrar una luz en medio de su eterna oscuridad. No dijo nada ni a su madre ni a los médicos que no apreciaron el cambio. Poco a poco la luz, que sólo procedía de un ojo, fue convirtiéndose en formas borrosas y después en objetos más definidos hasta que consiguió una agudeza aceptable. Pero él se mantuvo en su papel de ciego. Dani Vidal se convirtió en su mejor y más incondicional amigo, no se separó de él ni un día sin saber que, con la secreta y paulatina recuperación de su vista, Óscar planeaba su venganza, una venganza que fue macerando poco a poco durante treinta años desde aquella espantosa tarde de agosto.

Fin
Lola Montalvo Carcelén
Marzo de 2010
—Revisado abril 2020—

Imágenes créditos (por orden):
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Sucedió en Agosto - (c) - María Dolores Montalvo Carcelén

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